sábado, 3 de diciembre de 2011

De Cara de pájaro (fragmento)

Se sientan al borde de un cantero revuelto. Es posible que haya hormigas y Fidel despliega un pañuelo bajo las nalgas. Después, mientras comen las galletas, el discurso sale como un estallido.

-          Yo, le quiero preguntar – los dedos índice como ganchos, hacia abajo – le quiero preguntar si usted, usted nunca hizo algo por las injusticias – los ganchos movidos por resortes, rápidos – por las injusticias que se ven, digo, las cosas, digo – uno de los dedos arriba, allá, afuera - lo que sufre a veces la gente. Porque hoy, hoy, hace un rato – una mano que tapa la otra mano - a unas personas, a unos viejos, que yo vi, los dejaron sin atender, en el oculista los dejaron sin atender, - el bulto de las dos manos oscila, arriba, abajo - y eran muchos, y a una señora, a una señora que se quedaba ciega – el bulto de las dos manos contra la garganta, los ojos de cuarzo, la nariz como un semáforo.

            La descripción es pobre, es infantil, es confusa. Son las manos las que dibujan, son los dedos los que precisan siluetas y contenidos.                                                          

– Y a muchos, como usted, como yo, más viejos, que, mire, le voy a decir una cosa.

Pero Fidel no puede decir ninguna cosa.

Al principio se atraganta y se queda como ahogado.

Inmediatamente, más bien cuando César entiende y se acerca, cuando lo palmea y le toca la cabeza y lo sacude, cuando le pasa el brazo por los hombros,  se pone a llorar.

- Escriba – dice César, y lo retiene, lo vuelve a sacudir, lo estrecha más contra su cuerpo, y se frota la manga en la nariz que también gotea.



            Por encima de las migas de las galletas pasan el miedo al futuro y los balances. Ahora que Fidel se ha calmado, el diálogo es parejo y sin interrupciones.

            Todavía están en el jardín y, de tanto en tanto, César se distrae con el canto de un pájaro o con una nube que toma formas puntuales; señala con el dedo y dice “oiga”, señala con el dedo y dice “mire”. Un perro gigante, la cara del diablo, un león de perfil, un hombre gordo, esa bailarina. Y siguen, y hablan. Por momentos, cuando César insiste con las formas de las nubes, a Fidel se le ocurre pensar en suelo y en cielo, en la diferencia entre suelo y cielo; se le ocurre pensar en las formas que buscaba en las incrustaciones de las baldosas del banco, formas entre lo negro, formas en la pequeñez, formas que se absorben con la cabeza hundida, sin azul y sin vastedad, sin nada parecido a la extensión de la mirada limpia de César que no parece necesitar permiso para recorrer el cielo.

            Hay una confesión: “yo pensaba que usted era un ángel”. Risas. También le cuenta de Núñez, César quiere conocerlo.

Los dos coinciden en la idea de que algunos humanos están mezclados con otra especie, que son demasiado geniales o demasiado perversos o demasiado benévolos. Nombran personajes de la historia, citan algún santo. César dibuja sobre las migas; dibuja la teoría de la relatividad y el hongo de la bomba atómica, dibuja otro planeta, un triángulo, las pirámides de Egipto. Después, junta las migas con la mano y las tira al pasto, para que se las coman los pájaros.

-          Escriba – vuelve a decirle a Fidel.

Fidel recuerda que, en la carpeta, todavía tiene la carta. Se la extiende al tiempo que le dice: “yo, a usted, le veo cara de pájaro”. César agradece, dice que se siente halagado, que los pájaros son puro espíritu, que a él le hubiera gustado ser pájaro, que cuando reencarne, si es que reencarna, pedirá volver como pájaro. Y guarda la carta debajo del sombrero como si la guardara en un nido.

Fidel se pone tan rojo como el sol que acaba de ser tragado por el oeste.

De Vocabulario enfermo, 2011

LA HOJA



Las primeras palabras siempre son las más rebeldes
Resisten
como si no hubiera alrededor en el silencio
Se desesperan en las células
son absurdas
Quieren tener sonido y solo dan significados
Por ejemplo
hay una que habla muchas cosas y no dice su nombre
otra que se asombra
otra que se quiere morir
Y una palabra estúpida que se ríe que llora

Es un vocabulario enfermo
un golpe de oscuridad en la cabeza
una parte rota entre la mano y la memoria

Las primeras palabras nunca son
Quedan como los vidrios de un accidente
como teléfonos que no contestan
Son como el aturdimiento de la mañana
como las emergencias en el desorden
como las monedas en el bolsillo
como la comida deshecha en el estómago

Después van a venir
ya sé
Se van a desnudar del miedo entre la lengua y la mirada
van a pisar
tejido por tejido
van a encontrar su peso
van a caer a chorros por los renglones

Ya sé

Voy a ser un río sucio

Como el dolor

VOCABULARIO ENFERMO

Pensar la contratapa como puerta de ingreso a un libro es en sí una paradoja. De ser así entramos por una topografía equivocada donde se supone el final. Acompañar estas páginas es  una responsabilidad implacable. Pese a todo la palabra ya ha transitado varios universos pero que en definitiva refieren a uno solo: la vida hecha girones de luz, la enfermedad como forma del mundo.  Y si entendemos un vocabulario como el conjunto de palabras de un idioma que en este caso es el de la poesía, Laura Massolo nos abre un sentido inmenso y nos sumerge en la profundidad de un espacio nuevo: el nombre de las cosas se hace vidrio, se cristaliza para llevarnos de la mano por un camino sinuoso pero certero. La enfermedad supone, en su mismo concepto, el de salud. Y la salud del vocabulario de Massolo nos convoca en una delgada línea abierta en que los signos se hacen cuerpo en cada palabra que significan el mundo entero, y dentro de ese mundo el mismo mundo que expresa: un Aleph.
¿Dónde sino en la grieta que siempre deja el lenguaje podemos leer la enfermedad de un vocabulario en el que lo provisorio nos permite nombrar? ¿Cómo decir si no desde el verbo  fisurado? Es dentro de esa fisura el lugar en que se cierran estas grietas y se anudan serenamente las siluetas con un alambre dolorido, nos dice la poeta. Hay un nexo entre los signos, el dolor: la pulsión de una poética perfecta. En la armonía establecida de este lenguaje decir dolor es también contener un amor ilimitado que también permite aclarar los nombres.
La enfermedad se nutre así de las palabras que Massolo hilvana con una honestidad feroz, las persigue hasta dar en la tecla del nombre exacto. Vocabulario Enfermo es una parte rota entre la mano y la memoria, un libro que llega a decir lo indecible, lo indecidible: la forma más antigua del miedo, los dientes de otra forma de morir.
                                                                                                              Cristina Domenech

Helsinki, Finlandia

Laura Massolo y Julio Fernández ganan el V Concurso Literario 'Ángel Ganivet'. Acta
El día 1.12.2011, en Helsinki, Pedro Ávila, Presidente de la Asociación de Países Amigos y coordinador del concurso, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado calificador del V Concurso Literario Internacional ‘Angel Ganivet’, conformado por:

Tanya Tynjälä. Perú
Salomé Ingelmo. España
Francisco Garzón Céspedes. Cuba/España
Timo Riho. Finlandia
José Víctor Martínez. México
Eduardo Tapias. Chile
Javier Suquía. España

Tras la preselección de 648 trabajos recibidos en prosa y 581 en verso enviados de 34 países (…) se llegó a 20 finalistas en cada modalidad (…).
Luego de contabilizar el puntaje del jurado, resultaron ganadores:

PROSA
‘Picnolepsia’. Julio Fernández Peláez. España.

VERSO
‘Verso al espectáculo noche de baile’. Laura Massolo. Argentina

Leer obras ganadoras y su análisis literario:http://www.paisesamigos.com/noticiasconcursov.html

(01/12/11)
Primer Concurso Literario Lomas de Zamora
Esta semana se dieron a conocer los ganadores del primer Concurso Literario de Lomas de Zamora, una actividad que se realizó en celebración por los 150 años del distrito. En el género “Novela” el primer puesto fue María Laura Massolo por “Cara de Pájaro”; en “Poesía”, para Norma Rosa Avelleira por la obra “Eco de Aquellos Días”, y en “Cuento y Narración”, para Mario Jaimes por el trabajo “El Pasajero Ausente”.

jueves, 7 de julio de 2011

XXVIII OCTAVA EDICIÓN DEL PREMIO "GABRIEL ARESTI"

http://www.premiosliterarios.com/litonl/noticia.asp?idnoticia=17878
Un total de 1.247 relatos en castellano (el doble que el pasado año) y 67 en euskera se presentaron al Gabriel Aresti y a los 4.100 euros del premio, que fueron a parar a la obra de la escritora argentina Laura Massolo, Corazón Cocido, e Iñaki Basterretxea, Iraultza Gaueko Erreleboan. Además, los trabajos de Sergio Petriw y Miguel Ángel González, ambos en la modalidad de castellano, y Haizea Barcenilla e Izaskun García Quintana, en euskera, merecieron los 2.050 euros del accésit.



Bilbao, junio de 2011

domingo, 6 de febrero de 2011

 Finalista en el XIII PREMIO MARIO VARGAS LLOSA NH DE RELATOS – Relato inédito - Abril 2010

BASTA DE SOLEDADES


Yo lo quiero a Lucio. Es tan difícil demostrarle mi cariño como soportarlo. Pero lo quiero de veras.
Mamá dice que le debemos lo poco que tenemos, que si pude terminar la escuela fue gracias a él, que nos ha cuidado siempre a las dos.
Lo quiero por todo eso y porque le imagino cierto desamparo más allá del gesto hosco, del desdén, de las burlas. Y porque a veces me gustaría poder abrazarlo, como supongo que se abraza a un padre, aunque él no me lo permita, aunque diga tantas malas palabras, aunque haya que verlo, todo el día y todos los días, llenando de basura esas botellas plásticas.

Los sábados salgo de la tienda a las tres de la tarde, así que llego cuando van diez o quince minutos de ese programa del solitario que miran desde hace unos meses. Mejor dicho, el que mira mamá, porque Lucio no hace otra cosa que reírse y decir que los que van a ese programa son unos pajeros. Mamá lo hace callar, le pide que la deje tranquila, que es el único programa que a ella le gusta, que no sea egoísta. Él sigue con ironías, con palabrotas, y se queda ahí, sentado frente al televisor, como si la silla tuviera un imán, como si no existiera en la casa otro lugar para pasar las horas y las horas.

Siempre han discutido por pavadas. Al menos, no recuerdo haber escuchado una discusión grave, ni una humillación, ni sospechas ni amenazas ni quejas. Y las quejas de mamá son tan inútiles como intrascendentes.
Por ejemplo, mamá odia que Lucio haga eso con las botellas plásticas: les corta el cuello con un cuchillo, las pone sobre la mesa, entre él y el televisor, y va vaciando el mate ahí dentro. También las usa de cenicero, de modo que, a las pocas horas, a través del plástico, se ve una pasta de yerba húmeda, verdinegra, inmunda, salpicada de colillas marrones.
Mamá dice que eso es un asco, que no le costaría nada levantarse a vaciar el mate en el basurero, que le da vergüenza que venga alguien y vea toda esa porquería en medio de la mesa. Él lo sigue haciendo. Total, casi nunca viene nadie.

Cuando llego de la facultad, muy tarde, la botella mutilada desborda, y hay yerba y cenizas alrededor. Lucio duerme y mamá está en la computadora, como de costumbre, jugando al solitario. No me gusta comer así: me deshago de toda esa mugre y paso un trapo por la mesa. Después lavo mi plato y los de ellos, para que mamá, cuando se levante, encuentre todo limpio. Se me ocurre que, a la mañana, esos contenidos ya secos deben parecerse mucho a un recipiente del desierto.
De todos modos, me voy a la tienda convencida de que, al rato, una botella nueva ocupará el escenario de la mesa.

Antes, mamá se sentaba junto a él y le cebaba mate. Conversaban, buscaban en los avisos clasificados. Ahora no puede, tiene mucho trabajo. Si no sale a vender los tejidos, está preparando tortas de cumpleaños y, si no, limpiando la casa o cocinando. Ni bien le queda un rato libre, se pone a jugar en la computadora.

Lo quiero a Lucio, pero admito que me molesta que no ayude con nada. Es de los hombres que piensan que la casa es asunto de mujeres. El problema es que, desde hace tiempo, todas las cuestiones de la casa son asunto mío y de mamá. Pero no digo una palabra y colaboro con lo que puedo y compro libros usados y trato de seguir pensando que son felices, a su manera, con sus continentes truncados y con la transparencia de los residuos.

Antes, también, salían. Tomaban el colectivo hasta la costanera o iban al cine o a mirar vidrieras al shopping. Ahora están constantemente aquí metidos.
Suelo decirle a mamá que, alguna vez, si quiere, pase por la tienda, que se compre algo de ropa, que la podemos pagar en cuotas y con rebaja. Me parece que, si se arreglara un poco, a lo mejor, Lucio también podría reaccionar, ponerse un par de zapatos en vez de esas pantuflas eternas, afeitarse, volver a ser el tipo lindo y bueno al que siempre he querido querer como si fuera un padre. Ella me dice que estoy loca, que no estamos para gastos. Que no le falta nada.


A mamá le gustó el programa desde la primera vez que lo vio. Lucio tiene un poco de razón: no es divertido, y el conductor no tendría que burlarse tanto de los participantes. Les pregunta cómo viven, por qué juegan al solitario tantas horas, si no tienen sexo, en quién o en qué pretenden no pensar. Y la gente habla. Parece increíble que la gente necesite tanto de poder hablar, contar intimidades, tristezas, abandonos, hacer público el desasosiego, transmitir en vivo y en directo los raudales de soledad. Un sábado, una mujer lloró tanto que no pudo jugar. Así y todo, el conductor no dejó de burlarse.
Lucio también se mata de risa de los que contestan. Insiste con que son unos pajeros. Mamá, en cambio, defiende el argumento de que los que ganan la ronda del mes consiguen muy buena plata, y se queda como fascinada mientras aparecen las cartas en la pantalla. Se apasiona, grita, intenta avisarles a los que pasan una carta sin darse cuenta, se entristece si alguno queda eliminado en la primera ronda y hasta recuerda los puntos que tienen sumados desde la semana anterior. “Basta de soledades” se llama el programa; y ella, últimamente, se acuesta casi al amanecer para quedarse jugando.

Hubo un día, hace poco, en que creí que iban a pelearse, el mismo día en que les comenté que pensaba alquilar un departamentito más cerca de la facultad. Mamá estaba embolsando unos tejidos y a Lucio se le cayó la botella; enseguida se desparramó por la mesa un jugo parecido a la bilis, manchó las bufandas, un par de guantes, todas las bolsas. Sos un vago, no te soporto más, la casa se viene abajo, no te importa nada, me tenés harta, vivimos en la miseria. Mamá limpió todo a los gritos y tiró la botella, el paquete de yerba, el mate, la bombilla. Lucio se quedó callado. Al rato lo escuché salir, en pantuflas, a comprar otro paquete de yerba y, enseguida, el ruido del cuchillito cortando de nuevo el plástico.
Decidí que era mejor quedarme: no podrían vivir sin mi sueldo. Y tal vez se asustaron por eso y mamá gritó tanto por eso, y yo a Lucio lo quiero, aunque tenga conmigo ese trato distante, aunque me canse de verlo así, llenándonos la vida de suciedad, de quietud y de nada.
Mamá se debe haber enojado en serio ese día, porque después vino a la tienda, se compró un pantalón negro, muy lindo, y una camisa con lunares. Pero todas las noches siguió jugando al solitario, sin peinarse, sin pasar por el espejo.


Hoy llegué y Lucio estaba mirando el programa, solo. No le pregunté nada porque esa cara larga de siempre parecía más larga que nunca. No hay que hablarle cuando está así: empieza con las malas palabras, parece que me insulta, es capaz de decir cualquier grosería, me mira con desprecio. Prefiero ni acercarme.

Demasiado larga la cara. Demasiado roto el gesto altanero. Demasiado blandos los ojos contra la pantalla del televisor, y entonces miro, y allí está mamá, lindísima, con el pantalón negro y la camisa con lunares.

Me siento al lado de Lucio, muy cerca, muy cerca, hasta sentir el olor hediondo del tabaco entre la yerba.
Mamá, ahora, avanza hacia el micrófono. El conductor le pregunta las mismas cosas incómodas.
Lo único que dice mamá es que juega al solitario para no saber de tantos sueños muertos. El conductor se ríe, le hace burla; ella camina serena hasta el tablero y empieza el juego.
Entonces lo abrazo, como supongo que se debe abrazar a un padre, porque Lucio está llorando, desconsolado. Y después dejo que se levante, que camine, que tire a la basura la botella de plástico repleta de mugre; que vuelva, que apoye la cara mojada en la mesa, entre un poco de yerba y un poco de ceniza, y que me permita que le pase los dedos, así, muy despacio, por el pelo todo blanco.

Por suerte, mamá perdió en la primera ronda.

 Finalista en el XXIII CONCURSO INTERNACIONAL DE RELATOS POLICIACOS SEMANA NEGRA 2010 - Julio 2010

EL OTRO CAMINO

En vez de mirarlo mientras enjuaga la sangre que le mancha las manos, y darme vuelta, y desaparecer de los lavabos del quirófano, y cerrar de un golpe la puerta, me quedo junto a él.
Huelo el jabón, veo cómo se vuelve transparente el agua morada. Me dice su nombre, le digo el mío.
Tal vez, nos reímos de algo intrascendente.

En vez de salir, durante días y días, por el costado del hospital para evitar encontrarlo, como si me amenazara un presagio de fiebre, como si me fuera a morir de vergüenza, salgo a la calle al mismo tiempo que él, camino a su lado por la vereda llena de sol. Dejo que me acompañe hasta la estación, lo despido con una sonrisa.
En vez de responderle con monosílabos la primera vez que hablamos, la boca sin saliva, la lengua entrampada en un muro, sostengo su mirada, sin miedo, sin vergüenza, sin evasivas, y le hablo, y le cuento mi historia, y lo escucho, y escucho su historia.
En vez de rechazar el café con el que me invita esa mañana de lluvia, acepto: entramos corriendo, medio mojados, muertos de risa, en el bar oscuro y sucio de la esquina. Nos miramos por sobre la mesa: una gota de lluvia corre por su frente; muevo mi pelo, que desprende una llovizna minúscula. Olemos el café. Nos olvidamos del frío.
En vez de dibujar mapas erróneos y confundirlo con mi escenario de nubes, en vez de apurar el paso como si no lo oyera cuando me sigue por la calle gritando mi nombre, me detengo, giro, lo espero. Entonces dejo que me bese. Por fin, dejo que me bese. Aunque después me vaya, enseguida, aunque me ponga roja, aunque sienta que el piso se abre bajo mis pies, dejo que me bese. Y tal vez me llevo una especie de galope debajo del rubor.
En vez de cortar el teléfono cuando me llama para preguntarme por qué rechacé otros besos, en vez de anular de un golpe toda posibilidad de atar el más mínimo lazo, como si no entendiera el idioma en que me habla, atiendo y le respondo, dejo en libertad la intrepidez, clausuro el miedo y el rechazo, concertamos otra cita. Tal vez entonces, en esa cita, es que por fin hacemos el amor.
En vez de pedir que me trasladen a otra unidad para no coincidir en la sala de cirugía, busco todas las maneras posibles de compartir con él mis mañanas.
En vez de decirle que no me interesa nada de lo que me dice y no mirar siquiera el ramo de violetas que trae en las manos aquel día de julio, lo veo llegar y lo abrazo.
En vez de decirle que no me importa que se vaya cuando dice que se va, le digo que me voy con él a demoler todas las distancias.
En vez de mantenerme indiferente al ver que se aleja, corro, me prendo de la manga de su saco azul, le digo que lo quiero; quizá, empiezo a llenar mis valijas.

En vez de llorar tras una puerta mientras se despide de los otros, en vez de sentir el dolor y los humores del dolor inaugurando la renuncia, me despido de los otros porque hemos anunciado que nos vamos juntos.
En vez de mirar el cielo cada vez que pasa un avión en el que presiento que se fue, voy con él sobre las nubes.
En vez de quedarme detenida en la nostalgia cada mañana al despertarme, en vez de darme cuenta de que se ha ido para siempre y tener que confesar que me arrepiento, y sentir que el piso se abrió bajo mis pies, represento junto a él la novedad de otros caminos: nos vamos a otro país, tratamos de acertar con el idioma, nos perdemos entre mapas erróneos, ganamos costumbres en medio del asombro, y las costumbres nos enlazan, y el asombro nos completa.

En vez de la clausura, en vez de sentirme despoblada y sola, en vez de recurrir al olvido porque no hay más remedio, en vez de la rutina de una vida aburrida, sin sobresaltos ni compromisos, veo su cara y su sonrisa cada mañana al despertarme. Caminamos veredas llenas de sol, respiramos un aire limpio, descanso en el sosiego. Y pongo flores en los jarrones, y tenemos hijos, y lo espero en la puerta. Construyo el escenario de una casa tibia con olor a café, a frituras, a caldo de nabos, a violetas en julio.

En vez de recordarlo después de tanto tiempo, en vez de sorprenderme al revivir la nostalgia del pasado, asumo las inevitables insurrecciones de la convivencia. Actúo y aprendo el ejercicio de la tolerancia, el perdón a las pequeñas ofensas, la rutina que teje las horas, el frío que se parece al desgaste, los primeros síntomas del hastío. Ensayo. Pruebo. Aprendo de memoria un libreto denso y repetido. Y me acostumbro a que conteste con evasivas.

En vez de intentar buscarlo después de muchos años, ese absurdo, ese galope, esa intrepidez de revolver entre puentes rotos; en vez de encontrarlo, ahora, en plena madurez, y comenzar juntos la risa y el futuro, me veo en aquel otro tiempo, en el intento de levantar un muro capaz de no ceder a la discordia y a los agravios. Y me esfuerzo, y me debilito hasta el absurdo, y percibo el dolor y los humores del dolor mientras las palabras se van convirtiendo en monosílabos, la saliva densa, la lengua turbia. De pronto, igual, me sé despoblada y sola.
Entonces me anuncia que volvemos a nuestra tierra.
Entonces me pregunto por qué no me quedé aquí antes de todo este desgarro, por qué no preferí esperarlo, por qué dejé que se gastaran todos nuestros sueños.

En vez de vivir la dicha del reencuentro, y entonces los besos y la lluvia y el café, en vez de llegar a confesarle que estoy arrepentida de haberlo rechazado en otro tiempo, trato de aplacar la fiebre del rencor y de la desconfianza.
En vez de restituir todas las distancias y armar, juntos, el equipaje para un camino nuevo, descubro, en un saco igual al viejo saco azul, las señales inequívocas del engaño.
Lo veo armando la valija para irse definitivamente de mi vida, como si fuera una escena imaginaria.
Entonces renuncio a todas las esperas, a toda la condescendencia, a toda la resignación. Desato la furia y la violencia y destrozo los últimos lazos que nos quedan.

En vez de enjuagar mis manos manchadas de sangre, supongo, en este último acto, que me doy vuelta, que cierro la puerta de un golpe, que salgo a la calle.
Y en mi teatro imaginario, y con todas mis fuerzas, intento convencerme de que hemos vivido otra realidad, que la realidad no es ésta, que todo fue ficticio, que jamás nos fuimos juntos, y que ahora él me persigue gritando mi nombre mientras apuro el paso y el agua vuelve transparentes mis manos moradas.
Y corro. Corro en la probable búsqueda del otro camino, del que no hicimos, del que hubiera empezado cerrando la puerta que nunca cerré, de aquel otro camino que debí haber elegido en lugar de éste, desde aquí mismo, hace años, cuando me preguntó mi nombre, cuando le dije el mío.
Pero en vez de alejarme, me quedo arrodillada junto a él, paralizada, comprobando que ya no respira, rogando que la pesadilla termine, esperando que vengan a buscarme, que se cierre el telón, que las sirenas que ahora llenan todo el aire se callen de una vez por todas y que alguien, por fin, en este camino innegable y tormentoso, encadene mis manos y mis pasos para siempre.

 Finalista en el I CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE TERROR 'HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT' - Diciembre 2010

LA ORDEN
a Juan Pablo Fiorenza

No me resultó normal que todos aceptaran esa explicación tan tranquilamente.
Mi abuela seguía buscando por el fondo, con las manos llenas de alpiste, silbando, con la esperanza de recuperar alguno de los canarios que se habían volado.
Él, mudo, estaba sentado frente a las jaulas abiertas.
¿Por qué las abriste?, le preguntaron.
Porque me vino la orden, contestó.
Y todos parecieron comprender lo que, para mí, era incomprensible.
El mirlo, el cardenal, las dos cotorras, los jilgueros, el cabecita negra y, sobre todo, los canarios, a los que mi abuela dedicaba horas y horas, ya no estaban más.
Y pese a la consternación de la pérdida, aceptaron que a él le hubiera venido la orden de abrir todas las jaulas.

Hay cosas que uno no pregunta cuando es chico; tal vez, porque la fantasía es más tentadora y más poderosa que la realidad.
Preferí elaborar el “me vino la orden” con mi propia imaginación; suponer que alguien, mi amigo Tarzán o algún duende invisible, me dictaba la orden, por ejemplo, de subir a un árbol para vigilar la llegada del enemigo, o de bajar las escaleras por el pasamanos para escapar de algún perseguidor, o de atravesar de un salto el alambrado del fondo para invadir un territorio prohibido.
Pero yo necesitaba una voz, una voz inventada y sonora que se reproducía en mi propia voz y ordenaba: “Atácalos”, “Destrúyelos”, “Escapa”, “Súbete”.
Sin embargo, cuando en una huída repentina, ordenada por el Llanero Solitario porque nos acosaban los Piel Roja, rompí cuatro macetas del patio y traté de explicar que me había venido la orden, recibí de mi madre uno de los cachetazos más sonoros que recuerde.

A Bernardo le vino otra vez la orden cuando les torció el pescuezo a las gallinas y cuando rompió en mil pedazos el mantel del comedor. A él ni siquiera lo retaron. Como con lo de las jaulas, hicieron silencio y lo dejaron en paz.

Yo no hablaba con él. No podía preguntarle quién le daba la orden. Desde siempre lo había visto rondar por la casa en una especie de ensimismamiento que no propiciaba ningún diálogo. A veces, era él quien se acercaba y conversaba conmigo de cosas que nadie le preguntaba. Hablaba, por ejemplo, del Coloso de Rodas y de héroes desconocidos, de ciudades sumergidas en el mar y de un jinete negro que no era el Zorro.
Y él era el más grande pero no se comportaba como más grande, porque mis primos más grandes jugaban al fútbol o hablaban por teléfono con chicas o estudiaban en el secundario y Bernardo no, Bernardo no hacía nada de eso. Leía, mucho, muchísimo, casi todo el tiempo, unos libros enormes y oscuros que nunca supe de qué se trataban.

Le vino la orden cuando destrozó, a punta de cuchillo, todas las muñecas de mi hermana. Y mi hermana lloró tanto que, por primera vez, los adultos se vieron en la obligación de explicarnos, al menos, que Bernardo no tenía padre ni madre, que vivía con nosotros porque la abuela lo había criado desde chico y que encerrar a las personas es una cosa muy triste.

Un día me pegó, de repente, porque sí. Fue un golpe a puño cerrado en mi cabeza. Logré levantarme del piso y lo miré, absorto. Él se arrodilló y empezó a pedirme perdón, llorando. Me dijo, mortificado, que le había venido la orden. Nadie le había hablado: estábamos los dos solos en el comedor, yo miraba el televisor y él caminaba de un lado a otro de la mesa, hasta que frenó, me miró y me pegó. Sin emitir ningún sonido.
Esa vez sí hubo discusiones. Primero escuché que mamá le gritaba a la abuela, después escuché que el abuelo le gritaba a Bernardo.

Ya no jugué más a esos juegos. Entendí que era malo dejar venir la orden porque la orden, a veces, ordenaba una tristeza, un montón de pájaros volados, y gallinas y muñecas muertas o pedazos de cosas rotas, o silencios llenos de secretos.
Igual, me seguía intrigando cómo podría ser una voz que, sin ser escuchada, tuviera tanta fuerza y obligara a tanta obediencia.

Mis primos grandes se reían de Bernardo, pero no con burla, sino con una admiración muy rara. Ellos hablaban con él cuando tenían que dar examen de historia o no encontraban algo en un libro. Lo acompañaban, a veces, en las caminatas inexplicables alrededor de la casa; le ponían un brazo en el hombro, le acariciaban la cabeza, le compraban los cigarrillos que la abuela no le compraba. Mi hermana le tenía miedo. Yo lo espiaba, tratando de descubrir la voz que le daba la orden. Mi abuela, en cambio, perseveraba en las rutinas de su maternidad voluntaria, perdonándole todo, llorando a escondidas.

La explosión fue terrible.
Desde la casa hasta las caballerizas había un trecho largo, un camino abierto a pisadas entre los yuyos y, por ahí, todos fueron gritando y corriendo a ver qué había pasado. A mi hermana y a mí no nos dejaron ir. Mamá nos abrazó, temblando, y nos quedamos con ella en la galería.
Los gritos, a lo lejos, se multiplicaban, y por el portón grande empezaron a entrar los vecinos. Después vi al abuelo, a las zancadas, llevando hacia las caballerizas la manguera grande. También vi el humo, oscuro y obstinado, formando un telón que tapó todos los eucaliptos del fondo.
A Bernardo lo trajeron rojo y negro, con la ropa en jirones, sin anteojos; arrastraba los pies por el piso mientras colgaba de dos hombres que no sé quiénes eran y repetía “me vino la orden”, “me vino la orden”.
Está loco, dijo mamá.
Entonces entendí.
Pese a las lágrimas incansables de la abuela, lo internaron en algún lugar y no lo vimos por mucho tiempo.

En casa no se hablaba ni de él ni de los caballos muertos. El jaulón volvió a llenarse de canarios que le cantaban loas a la lechuga y a la zanahoria. Mi hermana tuvo muñecas nuevas, el abuelo se animó a comprar otras gallinas.

Mis primos y mi abuela iban a verlo los fines de semana. Volvían tristes. Bernardo estaba medicado: no leía, no se acordaba ni de quién había sido Napoleón y caminaba encorvado y con pasos muy cortos.
Aparentemente, no le venía más la orden.
Así que decidieron, con algunas disidencias en la votación, traerlo a casa los domingos.

Ahora contaminaba.
Hablaba solo, todo el tiempo y en voz muy baja, mientras caminaba como si una soga le atara los tobillos. Cuando se sentaba, juntaba mucho las rodillas y se balanceaba hacia atrás y hacia delante, rápido, como si estuviera a punto de saltar. Pero no saltaba.
Si se comunicaba con alguien, no era más que para decir que él no quería contaminar. Se alejaba, no nos saludaba ni al irse ni al llegar, nos miraba desde la distancia, no quería compartir la mesa. La única que lograba franquear esa barrera, con ternura y con una paciencia infinita, era mi abuela. Con ese empeño particular que tiene el amor de una madre, lo acariciaba aunque él se resistiera, lo besaba en la frente, le apretaba las manos, ponía contra su pecho la cabeza temblorosa.

Y, domingo a domingo, la contaminación de Bernardo se agravó.
Al principio, la cosa consistía en bañarse y lavarse infinidad de veces. Después, empezó a lavar todo: la silla donde se había sentado, los cubiertos que había tocado; y una vez lavó el diario, por haberlo leído, y otra vez fue el tapizado del auto de mi primo, donde vino sentado.
Y esa tranquilidad aparente empezó a resultar, como antes, la orilla de un salto, o de una catástrofe. Porque cuando encontramos el baño inundado ya nos fue difícil diferenciar si quería lavarse de su propia contaminación o le había venido la orden de llenar la casa de agua; porque cuando empezamos a correr evitando desbordes y cerrando canillas, nos pareció que los efectos de su locura eran menos previsibles que nunca; porque, así, con el paso corto y el rumor constante de la voz que no decía nada, el peligro empezó a cobrar más velocidad que todo lo imaginable.

Aquel último domingo, otra vez, jugué a procesar mi propio “me vino la orden”.
Fue un aviso. Algo, de golpe, mi conciencia o los temores a los que no quería acostumbrarme, me ordenaron cercar al enemigo.
Sin emitir ningún sonido, con esa voz que solo puede llegarnos desde adentro, abrí de un puntapié la puerta del baño.
Bernardo estaba hundiendo, con furia, por última vez, y ya sin sentido porque no había resistencia, la cabeza de mi abuela en la bañadera repleta.

 II CONCURSO 'VILLA LA ANGOSTURA CHATEAUBRIAND' - Febrero 2011

MUELLES

“Porque hemos visto y esperado todo cuanto un hombre puede ver y esperar
y sólo vimos que lo más fuerte se adelgazaba hasta desaparecer; ...”
Rafael Felipe Oteriño

Hay una dirección para llevar el viento y otra dirección para traer el hambre.
Las barcazas se van del muelle.
Santa María del regreso y el olor de los peces que se ahoga en el aire.

El agua traga los colores y la última forma de la mano y una tormenta se arrastra en las orillas y una mujer que reza:
Santa María de las olas que se desordenan y de las nubes que no tienen freno.

Hay una conjunción de metales con elásticos y una tenaza muerde las distancias.
Sinfonía de hierros que se chocan.
Balanceo, piedras y madera.
Santa María de la noche y el aceite de aquel faro que no puede y la mitad de la carne que naufraga.
Santa María de los pobres
de la red
de la sal
de las esperas

Una barcaza vacía vuelve al muelle con el hombre que con las manos vacías vuelve al hambre que con los dientes vacíos vuelve al techo que con el pecho vacío vuelve al sueño.

Una mujer descansa.

Santa María de los brazos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010


Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no
sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos
encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.
Paco Urondo
 
POR EL ÁNGEL


Espero que lo hayas traído
Estuvo haciendo falta en todos los rincones

Aquí hemos visto huesos y hubo una sordera blanca y afiebrada entre las calles
Nos dejaron sin fuerzas
al final

Esta casa por ejemplo
amarilla y revuelta
se mantuvo con el soplo
con el soplo y el recuerdo
con el viento que corría en las hamacas
con un disfraz
con gestos
Y las teclas
Y el papel
Y una oración de vez en cuando
Pero el ángel no estaba

No sé si habrá servido
desmayado en tu valija
soportando los saltos de la huida
Tal vez se haya quemado con el sol
Tal vez esté viejo y polvoriento
un títere con alas
grotesco
lastimado
Tal vez fue gordo pesado impertinente con su cara de infancia y sinsentido
de viaje por las muertes de los otros

Igual
espero que lo hayas traído
 
 
 
NO HAY PASADO


No hay más poemas

Fueron al mundo y regresaron
con su información exhausta de verdades
Ahora no hay verdad
Ahora es la vida

No estaba la pregunta inútil en la catedral
No importaba quién organizaba los milagros
Yo no sabía
Tampoco conocía tus palomas y tu paso chico por las diagonales y las plazas
Tampoco hablé de la escarcha del domingo
cuando te fuiste
cuando no supe seguirte

Ya no me sirven los poemas
Ni una letra me sirve
Yo no era broquel ni rumbo
No estaba el ángel
No era cierto como ahora
No tenía tu cara
No conectábamos la guía
Nadie me hablaba de cuidarte

No hay pasado

lunes, 29 de marzo de 2010

La otra piedad (Cuento) Premio Radio Francia Internacional del Concurso Juan Rulfo, 2001

Dra. Bárbara Müller:

No espero que mi carta sirva para esclarecer los aspectos relacionados con el caso de Gonzalo Velázquez. No tengo datos precisos que aportar, no quiero aportarlos. Me he tomado el atrevimiento de intervenir sin haber sido convocada. Soy madre de un paciente del mismo sanatorio en el que Gonzalo estaba internado. Mi hijo, Manuel Losada, de veinte años, padece una patología por la que debe concurrir a la modalidad de Hospital de Día y recibe tratamiento psicológico y de rehabilitación.

De modo que usted no encontrará en mis palabras otro contenido que el de un mero punto de vista; punto de vista que, asociado a la identificación con aquellos que vivimos esta realidad en carne propia, he complementado con lo que pude ver y oír a partir de mi cercanía con esa institución.

Allí presido una pequeña cooperadora de padres destinada a subsanar algunas carencias que no son consideradas por los seguros médicos. Este cargo, que no es más que una acción benéfica, exige mi permanencia en el lugar durante los días de la semana. Con otras madres que tampoco tienen otra ocupación, cumplo funciones de índole práctica: recolecto fondos para alguna reparación, convoco, desde la solidaridad o desde la exhortación a la culpa, a padres que, por su oficio, puedan colaborar con tareas de mantenimiento y, fundamentalmente, promuevo una especie de apoyo “espiritual” para los más desvalidos.

Aprovecho este comentario para invitarla a los talleres de reflexión que organizamos los jueves por la mañana. Pienso que respirar esta realidad, respirar el clima de pretendido consuelo, respirar ese otro clima de decepción y agobio, escuchar las ocasionales sentencias y las constantes quejas, ver cómo la angustia puede adquirir forma en la voz o en la cara, ver cómo se intenta un tejido reparador sobre la cáscara de un agujero, podrá serle útil, a lo mejor, para tomar distancia de sus indagaciones y admitir que lo sucedido con este chico sólo tiene por causa un designio que no comprendemos, - ni siquiera a fuerza de dolor y resignación - los que tenemos que vivir bajo el peso de esta cruz.

Usted pensará que mis ideas están ligadas a la religión y a la fe. En ese sentido, creo que no somos quienes deban juzgar ciertas actitudes humanas. Dicen que daremos cuenta de nuestros actos después del pasaje terrenal. Sin embargo, doctora, con respecto a mi fe, debo confesar que permanece aplastada bajo el imperio de una voluntad suprema que no dio lugar a ningún intercambio, que no me permitió pactar, que me dejó al margen de la esperanza de las compensaciones; y si procedo en conformidad con ciertas leyes es por una costumbre estereotipada, inyectada a fuerza de temor y defectuosidades, practicada a modo de murmullo en oposición al desaliento. Por mi experiencia, este pasaje terrenal nos deja intervenir pobremente en su acontecer; y es tal vez esta carta un acto de misericordia para con usted, y es, tal vez, un intento de soslayar la impotencia a la que estamos habituados.

Por otro lado, puedo aceptar la muerte de Gonzalo como el tránsito que le estaba destinado por esa voluntad suprema, pero me resulta inadmisible el manoseo burocrático y judicial al que han quedado sometidos estos sucesos.

Es cierto que Gonzalo, durante su internación, no recibía más visitas que las de su padre, esporádicas, quizá forzadas. Sin embargo, la señora Julia Velázquez no era la única madre que no concurría al sanatorio, y más allá de las razones vinculadas a su estado de salud, sería prudente contemplar que no todos venimos a este mundo preparados para aceptar lo que nos toca. Es una cuestión de fortaleza.

Dicen que la sabiduría inmensa de Dios distribuye en cada uno de nosotros la cruz que, por su peso y su medida, podemos soportar. Sin embargo, y tal vez por la intervención de otras fuerzas que desconozco, no siempre es posible sostener esa cruz. Hay un ácido que flota en la columna vertebral. A veces, carcome; a veces, sangra; a veces, nos entierra.

He sabido que se sospecha de una confabulación entre Ernesto y Julia Velázquez para provocar la muerte de Gonzalo. He sabido que se los acusa de haberle dado una sobredosis de medicación con ayuda de una enfermera a la que sobornaron. He sabido que varias personas relacionadas con el caso están siendo interrogadas para esclarecer esta suposición. Y estos rumores me indignan. Nadie más que Dios ha resuelto esa muerte, y si los instrumentos que el Señor usó para empujar el alma de ese chico a la eternidad debieron ser el enajenamiento o la locura, pues este mismo Señor sabrá por qué lo ha hecho.

Ante estos juicios y, sin la posibilidad de persuadir ni frenar a quienes los emiten, no me queda otro remedio que rezar. También rezo en estos momentos por usted.

Deberíamos pensar que cualquiera de nosotros, ante la muerte de un hijo discapacitado, podría verse injustamente inculpado; sobre todo, teniendo en cuenta que, precisamente, por la fragilidad que caracteriza a estos enfermos, por su indefensión, por las complicaciones que las dolencias mentales provocan, la muerte es una posibilidad continua, como si colgaran de un hilo. Cabe citar el caso de una chiquita Down que sufrió un paro cardiorespiratorio en terapia intensiva mientras estaba sola, ya que no permitieron la compañía de la madre en esa unidad. Sé que los padres han iniciado juicio al hospital. Sin embargo, creo que lo han hecho presionados por la influencia de ciertos abogados con fines de lucro, sin aceptar resignada y cristianamente la voluntad de Dios.

La muerte de Gonzalo, el desarrollo de esta historia, acentúan mi sensación de que todo está silenciosamente tejido de antemano en nuestros destinos, como si se tratara de una sociedad entre las asfixias y las cargas.

Creo, en resumen, que la indagatoria que usted está llevando a cabo es una locura, creo que es promover una ofensa. Creo que usted está en riesgo. Creo que se equivoca. Creo que se adentra en terrenos peligrosos.

Yo le reitero mi invitación a nuestras reuniones de los jueves. Venga, doctora, verá que entre alguna torta que llevamos, algunas galletas, algunas risas, va a desentrañar el patetismo que reviste la misión para la que estos padres fuimos “elegidos”. Venga, si quiere, al festival anual, donde disfrazamos a los chicos y nos disfrazamos; venga y mire las máscaras que tapan la consternación, el baile frenético de las sillas de ruedas, las sondas nasogástricas pintadas de verde fluorescente, las cabezas sin sostén bamboleándose al compás de la música, las manos al aire, sin asidero; el papel crepé roto, desgarrado, húmedo. Venga, si quiere, al templo carismático donde llevo a Manuel los domingos. Mire, allí, las crisis de histeria, los colapsos, los alaridos, los espíritus que, para quedar liberados del demonio, creen que deben atormentarse en la crispación y en el ahogo. Asómese a este mundo antes de juzgar a los que lo integramos. Venga a mi casa, trate de conversar conmigo en paz, perciba cómo nos interrumpe la inquietud, el estertor de una garganta que no articula, la baba que corre por un trapo siempre inmundo. Míreme, imagine que estoy escribiendo esta carta a las dos de la mañana porque es el único momento en que tengo silencio, porque ya emboqué, dificultosamente, cuidando mis dedos de la mordedura, todas las dosis de pastillas correspondientes, incluido un hipnótico para el sueño, media píldora para mí, que nunca duermo, que no sé si voy a despertarme con un cadáver o con un vegetal en la habitación de al lado. Créame, ahora que le digo que me han pasado los años y me ha pasado la vida sin poder escapar de este cuadro fatídico, de este encierro de aullidos, de médicos, de electroencefalogramas, y turnos, y recetas, y horarios de rehabilitación, y pañales enormes, y olores acres. Venga a ver las marcas en todas las paredes de mi casa: son de la silla de ruedas. Venga a sentir el aroma: a pis, a tristeza. Fíjese en mí, en mis arrugas, en mis puños, en los otros hijos que crecieron sin mi energía, sin mi alegría, sin mi cuidado. Tómese un trago de este vómito de amargura. Y, entonces, deje de mortificarse y mortificar a los demás con su pesquisa.

Recuérdeme que le muestre el certificado de incapacidad del noventa y ocho por ciento, mi sentencia, la certeza de una vida inútil que necesita de mí todo lo que tengo, todo lo que ya no tengo, todo lo que preciso fabricar con la ficción. Acompáñeme, una de las tantas veces en que me miro en el espejo y me pregunto quién soy. Quédese un día en este mundo. Vea que no se puede saber, ni entender, ni razonar, ni escuchar. Si fuera posible, mida la raíz de mi sentimiento, esta mezcla de amor y de rechazo, lo que se me desordena constantemente en la imperfección, en la indignidad, en la tortura. Trate de observar algo coherente en los ojos que no miran hacia ningún lado, en la cabeza que se cae. Intente traducir, en el sonido que parece una gárgara, las dos sílabas categóricas de la palabra mamá. Quédese quieta y contemple el espectáculo siniestro de una convulsión, ese dislate, esa espiral sin fondo. Mire las botellas vacías tiradas bajo la mesa, bajo la cama: son del hombre que pasará tambaleándose por algún lugar de la casa, la barba crecida, la bragueta siempre abierta, el pelo desprolijo. Ese desecho es el hombre con quien duermo sin dormir. Mire, hoy, casualmente, la sábana sucia de mi hija, la sana, la normal, la inteligente, la que nunca entendió por qué un día su madre desapareció de golpe y pasa las horas y las horas en un instituto de rehabilitación, limpiando mierda, mientras ella se revuelca sin sentido con cualquier hombre que pase. Venga. Mire. Asómese.

Vaya, después, a conversar con cuanto profesional de la salud se le cruce. Le van a decir las mismas resueltas idioteces: lo difícil, el daño, el emergente, el caos, la contención, la incontención, la fábula, tal vez la inconsciencia de una mujer que decidió no abortar para no irse al infierno y que, a los cuarenta y pico, acunó dulcemente a un monstruo con la pretensión de que era un ángel.

Lea bien lo que le escribo.

Vaya, después, y converse con un cura, con un mago, con diez locos. Es lo mismo, atado y desatado, el designio, el demonio, los dos filos cruzados en la espalda.

Pregúntele a cualquiera de las asistentes del instituto. Pregúnteles por los abandonos, por las ambulancias, por las convulsiones, por esos seres que de pronto adquieren el aire espeluznante de un poseído y se agrandan y se retuercen y tiemblan y se contorsionan, y se sacuden, y parecen tan magníficos como aterradores. O se encogen, como cáscaras de hierro, como pedazos de piedra imposibles de abrazar. Y se les mueven los brazos, y se les mueven las piernas, y se endurecen, y son estatuas, y la cabeza para un costado porque si no se muerden la lengua, y que se hagan todo encima, o que vomiten, o que se ahoguen, y los ojos, patéticos, desaparecidos a los costados, las órbitas en blanco.

Además, las convulsiones tienen sus causas: a veces la fiebre, a veces una emoción, a veces la imposibilidad de expresarse de otra forma. Y, a veces porque faltó la medicación, porque la hija de mil putas de la madre se olvidó de darle al ángel la medicación, porque la máquina falló en el instante del olvido. Entonces el ángel castiga retorciéndose.

Y ahí están, siempre, todos los días, como lo único que nos gobierna, lo que nos pone de rodillas, lo que nos hace cumplir, lo que nos obliga no sabemos a qué ni para qué. Y hay que seguir, hay que seguir, hay que seguir. No se pueden bajar los brazos, ni un minuto. No se pueden desatar las manos de las correas que sujetan al madero horizontal de la cruz. No se puede dejar la vertical forzosa de la que colgamos.

Y uno pretende explicarse que lo que manda es el amor, que es del corazón, del útero, de no sé dónde que sale la fuerza.

Pero son ellos los que mandan, los que dan las órdenes, los que disponen de la vida de todos, los que determinan lo cotidiano y lo perenne; que una se quede callada o que hable o que mire un programa por televisión o que no mire; que piense, que no piense. Absorben toda la energía, absolutamente toda.

Igual, a la mañana, empezar de nuevo, aunque duelan los huesos.

Claro, yo no podría dejar internado a Manuel. No podría por la culpa. Y es otra de las cosas que gobiernan: la culpa, la mal entendida piedad. ¿No sería mejor suponer un error de cálculo en la naturaleza?

Al principio, cuando Manuel entraba en una convulsión, me provocaba una especie de parálisis. Aparentemente, él no respiraba, pero la que no podía respirar era yo. A él se le torcían los ojos, a mí se me agrandaban. A él se le alargaban las manos, a mí se me encogían. Era un hechizo. Hubiera podido dominar a todos con una palabra, con una sola palabra; y uno esperaba que esa palabra brotara, de golpe, que rompiera el mutismo, como si Manuel fuera dueño de un lenguaje oculto, de larvas, de bacterias, de algodón, de bichos, de fantasmas, y en el momento de la convulsión ese lenguaje pudiera reptar hasta la lengua.

Gonzalo también tenía convulsiones. Lo cuidé y lo limpié muchas veces en el sanatorio. Después se dormía. Eran horas de paz.

Dicen que cuando vuelven no se acuerdan de nada. Dicen que, a veces, escuchan ruidos, ven visiones. Es un misterio. Y es como si el aire se quedara quieto alrededor. Nadie sabe qué hacer, no se puede hacer nada. Una convulsión se parece a la muerte, pero el corazón late, corre la sangre, hay una revolución como de lastimadura, chispas, cortocircuitos, latigazos; es como si de adentro emergiera otra vida, incontrolable. (Gonzalo, en cambio, era incontrolable todo el tiempo. Lo tenían atado, por precaución.)

Dicen que lo único que hay que hacer es rezar.

En los primeros años no pude rezar nunca. Me quedaba pegada a mi hijo, pero lejos; lo miraba, ni siquiera podía tocarlo. Ahora, cuando tiene convulsiones, rezo, solamente por costumbre, despacio, siempre las mismas oraciones, la repetición, el murmullo, el vaciamiento.

También rezaba por Gonzalo.

Además, doctora, usted tendría que ver cómo cantan en el templo, con qué alegría. La alegría de la fe, supongo. Y Manuel se alegra: aplaude, se ríe, mueve la cabeza, las manos, grita. Y aunque nos cueste, mi marido y yo, vamos; mi marido y yo, sobrios, porque a la iglesia es necesario ir sobrios, íntegros, sumisos, humildes, resignados. Y lo cargamos en brazos. No entramos la silla. Es peligroso porque hay gente que se descompone y se desmaya y se puede golpear con los caños, porque los que se quedan catatónicos se pueden golpear con los caños, porque las alucinaciones místicas y los alaridos y la espuma de la boca y las uñas con filo y las manos con forma de garras golpean contra los caños.

Es hermoso ir al templo. No sabe cómo ayuda. Hasta pude pedir una intención para que esa mujer y ese hombre, los padres de Gonzalo, encuentren paz; para que usted también encuentre paz, para que deje de buscar cruces, transportarlas, transferirlas.

Gonzalo Velázquez murió, seguramente, en forma accidental o a consecuencia de alguna complicación, como determinarán los médicos. Gonzalo Velázquez murió para cerrar un círculo, para encerrarla a usted en ese círculo.

La muerte no es ilógica. No todas las muertes son impredecibles.

Por otro lado, es tan fácil dejarlos morir. Basta con no alimentarlos, basta con no darles la medicación, basta con darles medicación de más, basta un descuido, un agua, una canilla abierta. Pero la desesperación está en la culpa, no en las resoluciones. Casi nadie sería capaz de tomar esa decisión. Casi nadie. Aunque.

Usted podría seguir leyendo esta carta si sólo imaginara, con toda la nitidez posible, que algo a lo que ama encarnizadamente pudiera convertirse en una estatua, aullar, deshacerse, temblar, desparramar humores?

¿Usted cree que Julia Velázquez y yo somos diferentes? No, doctora: la cruz tiene una proporción determinada. Existe una pesadez exacta que quiebra la espalda, que dobla en dos. Gonzalo llegó al límite del peso.

¿Usted cree que se puede mentir una alegría? ¿Cree que esos bailes morbosos de los festivales no son una puesta en escena de la desesperación, que la música misma no es un absurdo? No, doctora: hay pedazos de vidrio en la orilla de la garganta, hay un telón enganchado con alfileres a los ojos, hay una soga tensa a punto de soltarse, dar el tirón, desatar la locura.

Dejé mi profesión, hace veinte años; puntualmente, cuando tuve a Manuel. Soy psiquiatra. Pero todo se alteró, todo empezó a chocar. Y el entendimiento no resiste, no resisten las explicaciones; no hay explicaciones.

La razón impone un orden. La fe se respalda en cierto desorden. Yo necesitaba cantar a gritos, encender velas, y necesitaba estampitas y crucifijos y oraciones; necesitaba no pensar, no preguntarme. No me alcanzó la lógica. Se me desmoronó. Se me terminó la posibilidad de análisis.

Cambié la profesión por el misticismo, la palabra por el rito, la duda por la certidumbre, la consideración de la paradoja por el aplastamiento.

Son caminos, formas de evadirse. Cada cual elige el suyo.

Igual, no hay alivio. No tengo alivio.

Los Velázquez no tendrían alivio. Las demandas no dejaban alivio, las críticas a las inasistencias de Julia Velázquez, transmitidas a su marido en cada una de las ocasionales visitas, no permitían ningún alivio.

¿Pudieron razonar los Velázquez? ¿Hicieron un complot? ¿Lo mataron?

No sé.

Tal vez sea una forma de eutanasia. Una llovizna de piedad.

Además, he llegado a comprobar lo inverosímil. Hay algo que se teje en lo trágico, es un mecanismo, algo extraño, un miedo: El último paciente que atendí en ejercicio se llamaba Joaquín Müller.

¿Le dice algo esto, doctora? ¿No es una increíble coincidencia?

No puedo amenazarla con desertar de un secreto profesional. No lo haría. Pero tal vez usted esté buscando, con su empecinamiento contra los Velázquez, castigar a sus propios padres; revivir, con esta penitencia, al hermano imperfecto, al pobrecito que se ahogó “sin querer” en la bañera de su casa natal.

Cuando haya llegado al fondo de estas investigaciones, lo único que le va a quedar es un vacío sin respuestas, algo que se volverá en su contra, definitivamente.

Tome en cuenta mi consejo: abandone el caso.

 

martes, 14 de julio de 2009

LA OSCURIDAD Y EL RESPLANDOR o los contrastes en el cuento

Artículo publicado en http://www.premiosliterarios.com/
Ha germinado una idea luminosa. Y, manos al teclado, decidimos convertirla en un cuento.
En general, el cuento surge de una anécdota que acaban de contarnos, de una noticia de la radio, de una imagen instantánea, de un recuerdo que sobreviene.
O de una historia que ya leímos, alguna vez, hace mucho. Y que resulta fatalmente parecida a la que estamos a punto de narrar.
El teclado, que había empezado una sucesión de sonidos, comienza a enlentecerse ante la duda de una muy probable falta de originalidad.
Sin desestimar la posibilidad de que el acto creativo sea capaz de librarse de todo prejuicio, el cuentista conoce las limitaciones que supone este género: una estructura precisa, un lenguaje claro, una elección acertada del narrador, una coherencia interna. La teoría posmoderna insiste en convencernos de que no hacemos más que reescribir lo que ya se ha escrito. La irrupción de los medios visuales, la velocidad y la multiplicidad de la información se erigen como amenazas para el interés que podrá despertar la lectura.
Sabemos, por otro lado, que nuestro futuro lector seguirá pretendiendo el placer del entretenimiento y el encanto de la sorpresa, y que deberemos complacer tanto sus ansias de participar de manera activa en la historia como las de disfrutar de una narración capaz de informar algo nuevo. Y, con ese fin, será prudente obedecer a Poe y a otros grandes maestros del cuento, que señalan la necesidad de producir un efecto en el lector.
Sabemos, también, que la sugerencia excesiva puede ocasionar confusión o sustituir la intención narrativa por códigos herméticos e indescifrables.
Nos han dicho, hasta el cansancio, que, a causa del cansancio mismo, las descripciones resultan cargosas si no contribuyen a la atmósfera de la narración.
¿Cómo responder a tantas exigencias?
Ya, a esta altura de las consideraciones, el teclado se ha detenido. La idea inicial parece haber perdido todo su resplandor.
Y es, probablemente, este entorno de convenciones el que determina la parálisis: el conocimiento excesivo del género, la asociación inevitable con las figuras ya establecidas.
Por ejemplo, en el escenario de un cementerio, los sucesos suelen ser lúgubres, o terroríficos, o inquietantes; en una iglesia, son místicos, o secretos, o aluden a la paz o al milagro; en una ciudad, todo es vértigo y movimiento. En la primavera son factibles, dada la belleza del paisaje, la ensoñación y el romance. En el rigor del invierno se perfilan el abandono, las carencias, la tristeza. Un personaje con características siniestras genera hechos siniestros, deplorables, pecaminosos. Un niño no puede más que celebrar la ternura o la inocencia; una mujer hermosa, incitar al deseo.
Y volvemos al lugar común de que los árboles pierden las hojas en otoño y el otoño es metáfora de aquella etapa de la vida en que la juventud empieza a declinar. Así no habremos informado de nada nuevo.
Será conveniente, entonces, antes de reavivar el tecleo, situar la historia en un contexto paradojal: en el cementerio, bien puede ocurrir que una mujer dé a luz; el templo puede ser escenario de la hecatombe y la ciudad del misticismo; el invierno puede ser dulce y acogedor; la primavera, un trastorno de poluciones, una cadena de molestias. El personaje siniestro será, en todo caso, el bienhechor en una anagnórisis sorprendente y, tal vez, lo podamos enfrentar al niño perverso y hacer que la mujer bella transporte el estigma del rechazo.
La vida está hecha de relaciones y la tendencia natural del razonamiento es la búsqueda de la lógica. La literatura, en cambio, debe tender a la ruptura de toda lógica.
Nada vale la pena de ser contado si no sorprende. Y es lo paradojal lo que afianza la novedad de cualquier historia; es decir, todo aquello que produce un quiebre en el sentido común, todo aquello que desvirtúa la figura consabida del pensamiento y, por lo tanto, genera interés o conmoción.
En realidad, el interés de la literatura se centra en la paradoja. Y, para crearla, es suficiente con buscar tonos que, sin ser opuestos, puedan resultar contrastantes. La misma contraposición hará que cobren intensidad.
Orientándonos hacia búsqueda del efecto emocional, es válido reconocer que la ingenuidad, en contraposición con la injusticia, genera de inmediato un clima compasivo; el desvalimiento, la ignorancia, la marginalidad, ante algún hecho atroz, potencian la gravedad del suceso.
Cortázar mezcla pesadillas con tonos de fuerte sensualidad. Rulfo inserta la violencia en la melancolía y en el desamparo de sus personajes. Kafka no abandona el tono oficinesco durante el progreso de una horrenda metamorfosis.
Literatura es mezcla, combinación, antítesis, alarma.
Y ahora, a insertar aquella idea brillante en un contraste, o a insertar un contraste dentro de la idea.
Puede ser que del simple choque entre dos tonos surja el cuento. Puede tratarse, incluso, de contar algo terrible con un tono cálido o displicente; o algo muy tierno con un tono de furia.
El efecto emocional del lector estará logrado.
Un resplandor en la oscuridad, por supuesto, será mucho más luminoso.

 

miércoles, 8 de abril de 2009

EL FLORERO ROTO Y LOS DRAGONES

A las nueve y media de la mañana me llaman por teléfono desde el Hospital Neuropsiquiátrico Doctor Lucas Vladimir Dabor para comunicarme el deceso de Bruno Rapelatti, autorizándome a que me haga cargo de sus restos mortales. Así, de esta forma, contundente e inesperada, entra a mi vida Bruno Rapelatti que, curiosamente, acaba de salirse de la suya propia. Trato de conectar con rapidez, apelando a mi mala memoria: Bruno Rapelatti es, o acaba de dejar de ser, un primo hermano de mi padre que desde tiempos remotos está internado por loco. Lo sé. Lo tengo mezclado en mis recuerdos infantiles, en comentarios de sobremesa, en el olor insoportable de la pipa del tío Elmer, en la alfombra de arabescos que se apolillaba frente a la chimenea inglesa de la casa de Banfield. Doy dos o tres respuestas monosilábicas, anoto un número en el margen de la primera hoja del diario, agradezco y corto. No logro asociar el parentesco con mi identidad, no sé cómo surge mi teléfono en esta nube de olvidos ancestrales, no sé qué tengo que ver en esta historia y mucho menos sé qué voy a hacer con los restos mortales de Bruno Rapelatti.

A las diez de la mañana, después de un gran esfuerzo por atenuar mi desconcierto, llamo a mi hermano. Patéticamente, mi hermano se ríe en lugar de darme alguna respuesta. Se ríe de que me hayan tirado un muerto desconocido. Se ríe de no tener la más mínima idea del asunto. Pese a que trato, obstinadamente, de que comparta el muerto conmigo, me contesta que al mediodía, cuando se desocupe, me va a llamar. Además, me sugiere que, para ganar tiempo, intente comunicarme con “alguien” de la familia de papá. ¿Con quién? ¿Con papá, por ejemplo? Está de luna de miel. Me imagino refiriendo esta situación como excusa para no hacerme cargo del tema y me siento ridícula. Me doy cuenta de lo extraño que me resulta concebir que mi padre esté de luna de miel en un tiempo de mi vida en que ni siquiera yo recuerdo haber pasado por la misma instancia. No puedo recurrir a papá. A la abuela tampoco, tiene noventa años y con todas las pérdidas que lleva sufridas esta noticia le significaría un dolor innecesario. Por suerte, tengo primos. No los veo a menudo pero, después de todo, tienen con Bruno Rapelatti el mismo lazo sanguíneo que yo. Busco en mi agenda y en la guía telefónica. Hay un Rapelatti. ¿Por qué no lo habrán llamado a él? Aparecen dos, tres, cuatro posibilidades de compartir mis dudas y mi inoportuno cadáver familiar.

A las doce del mediodía estoy exhausta. Me han bloqueado con contestadores impávidos y con números equivocados. Mi hermano no se desocupa y el muerto sigue siendo de mi exclusividad. Llegan mis hijos de la escuela, famélicos y alborotados. El borde del periódico está atestado de garabatos. Pido dos pizzas pero la comunicación se liga con un señor que dice llamarse Julio Rapelatti y no vender pizzas... ¿Habré marcado uno de todos estos números? ¿Habrá llamado él? Pero es Julio Rapelatti. Sí, sí, sí y sí. Julio Rapelatti, mi tan lejano primo que se acuerda de mi primera comunión y del velorio de mi abuelo y que está dispuesto a salvarme del embrollo. Con una voz dulce, cordial y masculina, promete su presencia inmediata en mi casa.

A la una y media de la tarde, después de haber comido pizza, peinarme un poco, menos mal, y cambiar mis alpargatas por un par de zapatos, veo estacionar un coche imponente. De él baja un hombre imponente de traje claro de corte impecable, cabello entrecano, aire displicente y sobre en mano. Julio Rapelatti entra a mi living envuelto en vahos de perfume de Free-Shop, sonrisa de blanquísimos dientes y espectacular bronceado. Para agravar mi turbación, me abraza, me aplasta contra su corbata de dragoncitos verdes sobre fondo beige y, cuando tomo distancia, un dragón gigantesco se ha adueñado de mi retina y de mis músculos. Floto. No tengo aire. A mi alrededor hay centellitas como las de Navidad y destellos multicolores. Julio saca del sobre fotos color sepia y desparrama su metro ochentaypico por mis sillones. Nos reímos de mis trenzas, de sus mofletes, de la barriga del tío Elmer, del bigote de la tía Delia. De su galera surgen personajes olvidados, muertos arcaicos, cumpleaños felices. Tomamos café. Me pregunta si estoy casada. No. Qué casualidad. El también es divorciado.

A las dos y media de la tarde llama mi hermano y no tengo más remedio que atenderlo. Me dice que se va a ocupar de las averiguaciones familiares. No sé qué más me dice. No me interesa demasiado.
El cuerpo de Bruno Rapelatti es una amenaza latente de descomposición biológica. A mí me resulta un milagro de transmutación sentimental.

Nos vamos. Durante toda la tarde peregrino con Julio por un mundo nuevo. Maneja sin concentrarse en el tránsito pero con admirable destreza. Camina rápido. Para que yo lo siga, me lleva de la muñeca. Todo lo ordena, todo lo sabe, todo lo dirige; impasible, íntegro, inmutable, perfumado. Mientras hace los arreglos en la funeraria me deja en el neuropsiquiátrico para que yo haga los trámites de rigor. Miro a los locos. Hay unos cuantos tan felices como yo. Firmo algún documento. No sé qué documento. Sigo con el dragón que hace bullir las aguas de mis cavidades femeninas.

A las cinco de la tarde sólo queda que trasladen al muerto a un velatorio. Dada la hora, no es posible sino enterrarlo a la mañana siguiente. Todo lo demás está arreglado. Llamo a casa y compruebo, con alivio, que mamá se hizo cargo de mis hijos. Voy a agradecérselo cuando me ataja con un reproche: “¿Qué tenés que estar metida vos en este lío que no te incumbe?”. Está alterada. Ella argumenta que es porque los chicos me rompieron un florero. “¡Vos adorabas ese florero!”, agrega con énfasis. Durante ese día mi memoria ha sido puesta a prueba tantas veces que ahora es incapaz de registrar al florero que yo adoraba. Decido que mamá está alterada desde que mi padre está de luna de miel. Le devuelvo el celular a Julio, que me mira con sus ojos medio grises medio azules. Lo apaga, definitivamente. A partir de ese momento, somos libres los dos, aunque yo me sienta la princesa secuestrada por el dragón. Además, todo sigue teniendo chispitas o llamaradas. En algún momento se me incendia la cara. En la ducha me sale humo. A él también.

No recuerdo a qué hora, llevándose todos mis suspiros concentrados en su corbata, Julio me deja en el velatorio de Bruno Rapelatti. No le he preguntado cuál es su parentesco con él. Adentro hay unas diez personas. Curiosamente, las conozco a todas, menos a la señora que llora tanto, allá sentada. Voy saludándolos efusivamente. Les cuento que papá está de luna de miel; lo cuento con alegría, todo me sale con alegría. Les hablo de Julio y de las fotos. Están Alcirita, Gustavo, Juan Manuel y tía Delia. Está Oswald, el hijo del tío Elmer, y están las mellizas. También está Marcelo. Y esta señora, que no habla con nadie. Falta mi hermano.

Me acerco a la capilla ardiente y miro a Bruno. En silencio, como si rezara en su memoria, le agradezco las horas brutales y desenfrenadas que acabo de pasar, precisamente en su memoria. Cuando me persigno me siento un poco procaz. Mi primo Marcelo me pone una mano en el hombro y me aconseja que no me preocupe, total, ninguno de los presentes había visto jamás al muerto. Para redondear el concepto, me acompaña a reunirme con los otros contándome un chiste subido de tono. Las risotadas y las voces altas van creciendo por el salón. Salvo la señora que sigue llorando en un rincón, estamos todos encantados con el reencuentro. Rehacemos la historia familiar, aportando distintos tonos y distintos pasajes. Nos prometemos un asado el próximo fin de semana.

A las doce de la noche llega mi hermano. Salgo a recibirlo para hacer las presentaciones pertinentes, seguramente se acuerda de los primos menos que yo. Pero él está consternado. Con cierta excitación, me cuenta que acaba de hablar con la abuela. Los otros se acercan a escucharlo. La abuela afirma que, en el año setenta, Bruno Rapelatti se escapó del manicomio y fue pisado por un colectivo. Alguien acota: “La abuela no está muy lúcida”, pero Alcirita levanta la mano y, a los grititos, revela que está segura de que esa muerte tuvo lugar el día en que ella cumplió los quince años. Oswald le da la razón, recordando que iba a acudir a esa fiesta disfrazado de gaitero escocés, y que su padre ni siquiera le dejó tocar la gaita en señal de duelo por su primo aplastado por el colectivo.
“¿Quién retiró el cadáver del manicomio?”, preguntan con tono acusador. Todas las miradas caen sobre mí. Me quedo muda. En bloque, nos acercamos al féretro, pero la pasividad del muerto no revela nada. Pienso que solamente Julio puede aclararnos algo de esto y salgo en busca de un teléfono. Le pido a mamá que se fije en los números anotados en el borde del diario. El diario no está. Mamá envolvió con él el florero roto. Nos queda, como esperanza de alguna referencia, la señora que llora mucho, pero tampoco está. Tía Delia nos comenta que, hace un rato, un señor de traje negro se la llevó explicándole que al marido lo velaban en la sala contigua.
Mis primos se ofrecen a investigar el problema por la mañana. A esa hora, ya no se puede hacer nada. De modo que tomamos un café y nos despedimos hasta el día siguiente. Antes de salir, miramos el cadáver, intuyendo que ya no está vinculado a la familia. Quizá, así, nos cuesta un poco menos dejarlo tan solo. Me resulta difícil pensar. Quiero irme a dormir. En el fondo, lamento no haber arreglado nada con Julio, sobre todo teniendo en cuenta que ya no habrá entierro.

A las nueve y media de la mañana me llaman por teléfono desde el Hospital Neuropsiquiátrico Doctor Lucas Vladimir Dabor para pedirme disculpas por el error cometido. Me informan que el muerto al que velamos ha sido entregado a sus verdaderos familiares y que cobraremos, a la brevedad, el reembolso de los gastos pertinentes. Es la misma voz monocorde del día anterior. No sé por qué, me irrito. Le digo al hombre que todo ha sido una negligencia imperdonable, que, de ninguna manera, es aceptable semejante confusión. El hombre acata mis críticas y me promete que, de ahora en más, pondrán sumo cuidado en la observación del paciente, procurando que no vuelva a escaparse. No sé de qué paciente me habla. Repentinamente, extraño el florero que ya no está en su lugar.


Son las once de las mañana y lo he comprendido todo.
Me dejan espiar por el visor de una puerta cerrada. No hay, siquiera, humo de dragón. Ahora veo solamente a un hombre dormido: es Julio Bruno Rapelatti, el hijo del primo de mi padre que yace bajo el efecto de una fuerte dosis de sedantes en una de las unidades del neuropsiquiátrico.
Mañana será trasladado a una dependencia policial hasta que, mediante un juicio, se pruebe que el homicidio de su compañero fue llevado a cabo bajo el estado de demencia y enajenación.
Si me preguntan si cuando muera quiero hacerme cargo de su cuerpo, voy a contestar que no. Pero sería capaz de pedirles que me avisen ni bien se haya escapado de nuevo.
Premio “Miguel de Unamuno” 2005, Salamanca, España

lunes, 6 de abril de 2009

OLOR DE CEBOLLA




La ventana está cerrada, digo, y con sólo decirlo compruebo lo intrascendente de la imagen: es una imagen vulgar, cotidiana, resabida; no comunica nada, no importa. Es una nimiedad, una prolija miseria que no deja ver desde el otro lado. (Hacia el otro lado, tampoco). La ventana está cerrada, digo, y alguien contesta:
Bueno.

En realidad, no debería pretender que interpreten, que estén atentos al hecho de que mi lenguaje quiere decir otra cosa, que es un lenguaje que ata lazos con eso que no digo. Y cuando nadie entiende, no puedo enojarme. Es un problema mío, absolutamente. Esta sensación de soledad tajante es mi patrimonio, mi responsabilidad, mi obra.
La ventana está cerrada, digo, y vuelven a contestar:
Sí.

Vino Marcelo.
Habló con todos.
Conmigo también habló.
Pero yo estaba metida en una cebolla que lloraba, en el aceite carbonizado, en no sé qué de la cocina y de la casa, mirando horas en el aire, en el humo. Habló conmigo pero no sé bien qué me dijo.
Tiró el aceite, puso uno nuevo, me secó los ojos, terminó por ofrecerse a hacer la comida.
Me dijo:
La ventana está cerrada.
Quise abrir la ventana para que se fuera el olor a quemado. Pero estaba trabada.

Hace muchos años compré cacerolas. No me acuerdo, creo que compré ocho, y a una, me la gané. Había que hacer una reunión en casa; vino una mujer, hizo una demostración. Mis amigas también compraron – en cuotas- y creo que comimos una tortilla o una torta dulce; y llegó Marcelo y me dijo que estaba loca, que las ollas eran carísimas, que a mí me vendían cualquier cosa, que esto, que aquello. Le expliqué cómo era lo de las cacerolas, le dije del ahorro, de la rapidez, del antiadherente, de las proteínas. Él hizo dos cálculos instantáneos, de esos, de los matemáticos, de los que le salen tan bien, y me demostró que, con la misma plata, hubiera podido comprar un bazar, una cena en Bahía, un colchón cero kilómetro, un secarropas, las cortinas, la mitad de las vacaciones.

La ventana está cerrada, digo, y alguien me contesta:
Ya sé.

Me cansé de perder, o declararme perdedora. Los detalles, ahora, no tienen importancia; basta con manifestar que las sensaciones eran muchas, siempre de opresión, de angustia; eso de la crítica, la desvalorización, el reproche. Una cosa como de humillación constante.
Y se disparó la dinamita. Dije basta.
Marcelo se fue. Hizo las valijas y se fue. Antes, trató de convencerme, claro. Pero se había juntado mucho explosivo en mi silencio.

Jamás usé las ollas como correspondía. Fuego mínimo, no: fuego al máximo; vapor, no: hervir como de costumbre; jabón blanco, no: detergente, igual que para todo.
Las ollas se arruinaron, dejaron de brillar, los chicos crecieron, fideos con manteca o milanesas, cuota alimentaria, nada de juicios ni de pleitos. Siempre nos respetamos bastante. Pero él tenía razón: las ollas eran caras. (Le di la sartén más chica y una cacerolita como para dos salchichas en la división de bienes. A mí no me servían)
Me quedé con la casa, con el colchón hundido, hundida en el colchón, muerta de miedo pero disimulando; disimulando también, la cuestión de la libertad y de las aventuras.
Me fue mal, muy mal. A vos te venden cualquier cosa decía Marcelo.
La ventana está cerrada, digo, y me contestan
Ufa.

La puerta, en cambio, quedó abierta; constantemente. Porque nos quisimos bastante, pese a todo, porque nos seguimos queriendo, de otra forma, con la forma del respeto, de la copaternidad, como decía mi analista, - tuve que ir a un analista, mucho tiempo- porque se nos ocurrió la idea de ser consecuentes con el pacto de traer hijos al mundo, y porque cada cosa, cada diente, cada boletín, cada resfrío, sirvió de excusa, de vehículo, de almohada, de noche en vela los dos juntos. Porque, a veces, Marcelo venía a la hora de la cena y yo le adivinaba el hambre de calor, de casa, de mesa, de risas de los chicos, y por ahí le ofrecía una comida rápida, jamás hecha en las ollas caras que ahora tenían las manijas rotas, y rayones, y el fondo antiadherente adherido al huevo y a la salsa. Pero igual era comida casa, casa comida; y sin pensar estábamos alrededor de aquel bochinche de la mesa, y contando historias como el primer egreso, el primer novio, la comunión, el yeso en el tobillo, la cara de susto en el examen, la cuota del colegio, las zapatillas rotas. El abismo.
La ventana está cerrada, digo.
Nadie me contesta. Se fastidian.

Uno no sabe cómo se dan las formas. Se arman, como dibujos; se pegan con plasticola o con engrudo, van deshaciendo fechas, sueños, estructuras.
Un día llegué y los chicos dijeron: Mamá, papá va a ser papá.
Creo que lo felicité con ganas. No me acuerdo.
Él confesó que hizo un cálculo matemático, pero le salió mal. Me dijo de la trampa o de la reja o del error. No sé. Pero se fue un poco más lejos, más triste, más confundido. Yo sabía que también se iba feliz.
La ventana está cerrada, dije. Fue una sentencia.

Conocí a Guillermo.
Papá, mamá tiene novio.
Mamá, papá viene a las nueve.
Papá, mamá salió.
Mamá, papá te dejó plata y un recibo.
Papá, mamá no está.
Mamá, papá dijo que quiere hablarte.
Papá, mamá no puede hablar con vos hasta el domingo.
Mamá, papá viene a buscarnos a las nueve.
La ventana está cerrada. La ventana está cerrada. La ventana está cerrada.

Uno no sabe cómo se deforman las cosas. Se desarman, como dibujos en el agua; se despegan con tiempo y con madurez, van deshaciendo rencores, daños, desvelos, estructuras.
Y como la puerta quedó abierta, Marcelo vino, ese día, por ejemplo, y tiró el aceite y me secó los ojos, y me dijo que abriera la ventana para que saliera el humo. (La ventana estaba trabada)
Después llegaba Guillermo, con las flores, con el olor de las lavandas, con el rumor de la noche. Con la condición de que los chicos ya durmieran, sin saber, sin participar, sin compartir. Con la imposición de que yo dividiera en dos los pasos.
Papá, mamá está triste.
Y la ventana está cerrada.

De repente nos miramos.
Dos de los chicos estaban frente al televisor, otro estudiaba, el otro no había llegado.
Me dijo: qué raro, esas ollas, al final, no eran tan malas, todavía las tenés, parece mentira.
Le dije: es cierto, pero están feas, todas rayadas, se pega todo. Al final, eran caras.
Me dijo: qué vida de mierda, Irene. Lo dijo mientras yo tiraba cebolla en el aceite, mientras crujía la cebolla, mientras los ojos me lloraban porque había aire de cebolla y porque tenía olor de cebolla en cada uña.
Claro. Qué vida de mierda.
Porque cuando Guillermo llegara a buscarme, de ninguna manera podría olerme ese tufo; porque, seguro, iba a fruncir la nariz cuando yo transpusiera la puerta de calle y dejara mis cosas, mis rayones, mis hijos, mis realidades; en definitiva, mi vida.
Porque cuando Marcelo se fuera a vivir su vida nueva, a mí no me quedaría otra cosa que tapar la cebolla con perfume.
Entonces llamé a Guillermo, puse cualquier excusa y cancelé la salida.
Mi vida es un olor de cebolla, Marcelo, le dije.
Abrí la ventana, me contestó.
¿Otra vez? ¿No te dije que se trabó hace mucho?
Y dale, no importa, abrila.
Pero estaba trabada.
Carajo, dije, no puedo.
Y vino él, sin ningún cálculo, y abrió con fuerza, solamente con fuerza de manos grandes, y alguno de los chicos se asomó y preguntó qué hay de comer esta noche y yo, no sé, estoy viendo, y la cebolla se quemaba.
¿Sabés qué pasa? Me dijo.
Y yo sabía.
Yo sabía que nunca nos habíamos abrazado llorando.
Se lo dije.
Y él lo estaba diciendo al mismo tiempo.
Y los dos dijimos sí con la cabeza.
Y con la ventana abierta, ahí, mientras se quemaba la cebolla, mientras se ponía negra como el carbón, como el pasado, como el atrás de la ventana, como la cara de Guillermo oliendo feo, ahí, nos abrazamos, llorando a gritos.

Uno no sabe cómo se dan las formas. Se arman, como dibujos; se pegan con plasticola o con engrudo, van formando otras fechas, otros sueños, otras estructuras. Se convierten. Se aprenden los perdones y los duelos, se asumen las roturas, se liman las aristas. Se adhieren paisajes nuevos a las ventanas, y otras esperanzas, y otros caminos. Se despegan los castigos inconscientes, se deshacen las torturas sin sentido.
Tal vez, por esa ventana abierta, recién abierta, después me llegaría otro perfume.

Esa noche, los chicos y yo comimos comida comprada.


Primer Premio “Nosotras y Ellos”

Asociación de Mujeres “El Carmen” de Ledesma
Salamanca, España
Año 2006