sábado, 3 de diciembre de 2011

De Cara de pájaro (fragmento)

Se sientan al borde de un cantero revuelto. Es posible que haya hormigas y Fidel despliega un pañuelo bajo las nalgas. Después, mientras comen las galletas, el discurso sale como un estallido.

-          Yo, le quiero preguntar – los dedos índice como ganchos, hacia abajo – le quiero preguntar si usted, usted nunca hizo algo por las injusticias – los ganchos movidos por resortes, rápidos – por las injusticias que se ven, digo, las cosas, digo – uno de los dedos arriba, allá, afuera - lo que sufre a veces la gente. Porque hoy, hoy, hace un rato – una mano que tapa la otra mano - a unas personas, a unos viejos, que yo vi, los dejaron sin atender, en el oculista los dejaron sin atender, - el bulto de las dos manos oscila, arriba, abajo - y eran muchos, y a una señora, a una señora que se quedaba ciega – el bulto de las dos manos contra la garganta, los ojos de cuarzo, la nariz como un semáforo.

            La descripción es pobre, es infantil, es confusa. Son las manos las que dibujan, son los dedos los que precisan siluetas y contenidos.                                                          

– Y a muchos, como usted, como yo, más viejos, que, mire, le voy a decir una cosa.

Pero Fidel no puede decir ninguna cosa.

Al principio se atraganta y se queda como ahogado.

Inmediatamente, más bien cuando César entiende y se acerca, cuando lo palmea y le toca la cabeza y lo sacude, cuando le pasa el brazo por los hombros,  se pone a llorar.

- Escriba – dice César, y lo retiene, lo vuelve a sacudir, lo estrecha más contra su cuerpo, y se frota la manga en la nariz que también gotea.



            Por encima de las migas de las galletas pasan el miedo al futuro y los balances. Ahora que Fidel se ha calmado, el diálogo es parejo y sin interrupciones.

            Todavía están en el jardín y, de tanto en tanto, César se distrae con el canto de un pájaro o con una nube que toma formas puntuales; señala con el dedo y dice “oiga”, señala con el dedo y dice “mire”. Un perro gigante, la cara del diablo, un león de perfil, un hombre gordo, esa bailarina. Y siguen, y hablan. Por momentos, cuando César insiste con las formas de las nubes, a Fidel se le ocurre pensar en suelo y en cielo, en la diferencia entre suelo y cielo; se le ocurre pensar en las formas que buscaba en las incrustaciones de las baldosas del banco, formas entre lo negro, formas en la pequeñez, formas que se absorben con la cabeza hundida, sin azul y sin vastedad, sin nada parecido a la extensión de la mirada limpia de César que no parece necesitar permiso para recorrer el cielo.

            Hay una confesión: “yo pensaba que usted era un ángel”. Risas. También le cuenta de Núñez, César quiere conocerlo.

Los dos coinciden en la idea de que algunos humanos están mezclados con otra especie, que son demasiado geniales o demasiado perversos o demasiado benévolos. Nombran personajes de la historia, citan algún santo. César dibuja sobre las migas; dibuja la teoría de la relatividad y el hongo de la bomba atómica, dibuja otro planeta, un triángulo, las pirámides de Egipto. Después, junta las migas con la mano y las tira al pasto, para que se las coman los pájaros.

-          Escriba – vuelve a decirle a Fidel.

Fidel recuerda que, en la carpeta, todavía tiene la carta. Se la extiende al tiempo que le dice: “yo, a usted, le veo cara de pájaro”. César agradece, dice que se siente halagado, que los pájaros son puro espíritu, que a él le hubiera gustado ser pájaro, que cuando reencarne, si es que reencarna, pedirá volver como pájaro. Y guarda la carta debajo del sombrero como si la guardara en un nido.

Fidel se pone tan rojo como el sol que acaba de ser tragado por el oeste.